Discípulo.
¿Cómo ha
de realizar uno el sí mismo?
Maharshi.
¿El sí
mismo de quién? Encuentre.
D.
El mío,
¿pero quién soy yo?
M.
Encuéntrese a
usted mismo.
D.
Yo no sé
cómo.
M.
Piense sólo
en la pregunta. ¿Quién es el que dice «yo no sé»? ¿Quién es el «yo» en su
afirmación? ¿Qué es no conocido?
D.
Alguien o
algo en mí.
M.
¿Quién es ese
alguien? ¿En quién?
D.
Quizás algún
poder.
M.
Encuentre.
D.
¿Por qué he
nacido?
M.
¿Quién ha
nacido? La respuesta es la misma a todas tus preguntas.
D.
¿Quién soy
yo, entonces?
M.
(Sonriendo).
¿Usted ha venido a examinarme a mí? Usted debe decir quién es usted.
D.
Por mucho
que lo intento, no parezco captar el «yo». No es siquiera claramente
discernible.
M.
¿Quién es el
que dice que el «yo» no es discernible? ¿Hay dos «yo» en usted, de manera
que uno no es discernible por el otro?
D.
En lugar de
indagar «¿quién soy yo?», ¿puedo hacerme a mí mismo la pregunta «¿quién es
Usted?», puesto que entonces mi mente puede ser fijada en Usted, a
quien yo considero Dios en la forma del gurú? Quizás, estaría más
cerca de la meta de mi búsqueda por esa indagación que preguntándome a mí
mismo «¿quién soy yo?»
M.
Sea cual sea
la forma que tome su indagación, finalmente usted debe llegar al único yo,
el sí mismo.
Todas estas distinciones hechas entre el «yo» y el
«usted», entre maestro y discípulo, etc., son meramente un signo de la
propia ignorancia de uno. Solo el yo supremo es. Pensar de otro modo es
engañarse a uno mismo.
Una historia de los Puranas entre el sabio Ribhu
y su discípulo Nidagha, es particularmente instructiva en este contexto.
Aunque Ribhu enseñó a su discípulo la verdad suprema
del único Brahman sin un segundo, Nidagha, a pesar de su erudición y
comprensión, no tenía suficiente convicción para adoptar y seguir la vía de
jñana, sino que se instaló en su ciudad natal para llevar una vida
dedicada a la observancia de la religión ceremonial.
Pero el sabio amaba a su discípulo tan profundamente
como el discípulo veneraba a su maestro. A pesar de su edad, Ribhu quiso ir
él mismo a ver a su discípulo a la ciudad, sólo para ver cuánto había
desarrollado éste su ritualismo. A veces el sabio iba disfrazado, de manera
que podía observar cómo actuaba Nidagha cuando no sabía que estaba siendo
observado por su maestro.
En una tal ocasión, Ribhu que se había puesto el
disfraz de un rústico campesino, encontró a Nidagha observando atentamente
la procesión real. Sin ser reconocido, el rústico campesino le preguntó qué
era todo aquel alboroto, y Nidagha le respondió que el rey iba a pasar en
procesión.
«¡Oh! Es el rey. ¡Él va en procesión! ¿Pero dónde está
él?», preguntó el campesino.
«Ahí, sobre el elefante», dijo Nidagha.
«Dices que el rey está sobre el elefante. Sí, yo veo a
los dos» dijo el rústico, «¿Pero cuál es el rey y cuál es el elefante?»
«¡Qué!», exclamó Nidagha, «¿Usted ve a los dos, pero no
sabe que el hombre de arriba es el rey y el animal de abajo es el elefante?
¿Dónde está la utilidad de hablar a un hombre como usted?»
«Por favor, no se impaciente con un hombre ignorante
como yo», imploró el rústico, «Pero usted dijo “arriba” y “abajo”, ¿qué
significan?»
Nidagha no pudo soportarlo más. «Usted ve al rey y al
elefante, uno arriba y el otro abajo. Sin embargo, usted
quiere saber ¿qué se entiende por “arriba” y “abajo”?» espetó
Nidagha. «Si las cosas vistas y las palabras habladas pueden comunicarle tan
poco, solo la acción puede enseñarle. Inclínese hacia adelante y lo sabrá
todo muy bien».
El rústico hizo lo que se le dijo. Nidagha se subió
sobre sus hombros y dijo «Sépalo ahora. Yo estoy arriba como el rey,
y usted está abajo como el elefante. ¿Está suficientemente claro?»
«No, todavía no», fue la tranquila respuesta del
rústico. «Usted dice que está arriba como el rey, y que yo estoy abajo como
el elefante. El “rey”, el “elefante”, “arriba” y “abajo”, hasta aquí está
claro. Pero, se lo ruego, dígame qué entiende usted por “yo” y
“usted”».
Cuando Nidagha fue enfrentado así, de repente, con el
gran problema de definir el «usted» aparte del «yo», la luz se hizo en su
mente. Al instante saltó y cayó a los pies de su maestro diciendo, «¿Quién
más sino mi venerable maestro, Ribhu, podría haber sacado así mi mente de
las superficialidades de la existencia física al verdadero ser del sí mismo?
¡Oh, benigno maestro!, suplico tus bendiciones».
Por consiguiente, mientras su meta es trascender aquí y
ahora, estas superficialidades de la existencia física a través de
atma-vichara, ¿dónde está el lugar para hacer las distinciones de
«usted» y «yo», que solo pertenecen al cuerpo? Cuando usted vuelve la mente
hacia dentro, buscando la fuente del pensamiento, ¿dónde está el «usted» y
dónde está el «yo»?
Usted debe buscar y ser el sí mismo que incluye todo.
D.
¿Pero no es
gracioso que el «yo» deba buscar al «yo»? ¿No se convierte finalmente la
indagación «¿Quién soy yo?» en una fórmula vacía? ¿O he de hacerme a mí
mismo la pregunta incansablemente, repitiéndola como un mantra?
M.
La
auto-indagación no es ciertamente una fórmula vacía, es más que la
repetición de un mantra. Si la indagación «¿Quién soy yo?» fuera un
mero preguntar mental, no sería de mucho valor. El verdadero propósito de la
auto-indagación es focalizar la mente entera en su fuente. Por consiguiente,
no es el caso de un «yo» buscando a otro «yo».
La auto-indagación es aún menos una fórmula vacía,
puesto que implica una intensa actividad de la mente entera para mantenerla
fijada firmemente en la auto-consciencia pura.
La auto-indagación es el único medio infalible, el
único medio directo para realizar el ser absoluto e incondicionado que usted
es realmente.
D.
¿Por qué
solo la auto-indagación debe ser considerada el medio directo a jñana?
M.
Porque todo
tipo de sadhana, excepto la de atma-vichara, presupone la
retención de la mente como el instrumento para llevar a cabo la sadhana,
y sin la mente no puede ser practicada. El ego puede tomar formas diferentes
y cada vez más sutiles en las diferentes etapas de la práctica de uno, pero
él mismo nunca es destruido.
Cuando Janaka exclamó: «Ahora he descubierto al ladrón
que ha estado arruinándome todo el tiempo. Será tratado sumariamente», el
rey se estaba refiriendo en realidad al ego o la mente.
D.
Pero el
ladrón puede ser aprehendido también por las otras sadhanas.
M.
El intento de
destruir al ego o la mente por otras sadhanas que no sean
atma-vichara, es lo mismo que el ladrón que se hace policía para coger
al ladrón, es decir, a sí mismo. Solo atma-vichara puede revelar la
verdad de que ni el ego ni la mente existen realmente, y permitirle a uno
realizar el ser puro e indiferenciado del sí mismo o lo absoluto.
Habiendo realizado el sí mismo, no queda nada que
conocer, debido a que es felicidad perfecta, el todo.
D.
En esta vida
rodeada de limitaciones, ¿puedo yo realizar alguna vez la felicidad del sí
mismo?
M.
Esa felicidad
del sí mismo está siempre con usted, y la encontrará por usted mismo, si la
busca sinceramente.
La causa de su miseria no está en la vida de afuera;
está en usted como ego. Usted se impone a usted mismo limitaciones, y
entonces emprende una lucha vana para trascenderlas. Toda infelicidad es
debida al ego; con él viene todo su sufrimiento. ¿De qué le sirve atribuir a
los acontecimientos de la vida la causa de la miseria que está realmente
dentro de usted? ¿Qué felicidad puede usted obtener de cosas externas a
usted mismo? Y cuando la obtiene, ¿cuánto dura?
Si niega al ego y le quema ignorándole, usted es libre.
Si le acepta, él le impondrá limitaciones y le arrojará a una lucha vana
para trascenderlas. Así fue como el ladrón buscó arruinar al Rey Janaka.
Ser el sí mismo que usted es realmente, es el único
medio de realizar la felicidad que es siempre suya.
D.
No habiendo
realizado la verdad de que solo existe el sí mismo, ¿no debo adoptar yo las
vías (margas) de bhakti y yoga como más adecuadas para
los propósitos de la sadhana que la vía (marga) de vichara?
¿No es la realización del propio ser absoluto de uno, es decir,
brahma-jñana, algo completamente inalcanzable para un laico como yo?
M. Brahma-jñana
no es un conocimiento que tenga que ser adquirido, de modo que al
adquirirlo, uno pueda obtener la felicidad. Es la propia visión ignorante de
uno lo que se debe abandonar. El sí mismo que busca conocer es
verdaderamente usted mismo. Su ignorancia supuesta le causa un sufrimiento
innecesario, como el de los diez hombres necios que lamentaban la «perdida»
del décimo hombre que nunca se había perdido.
Los diez hombres necios de la parábola vadeaban un
arroyo y, al alcanzar la otra orilla, quisieron asegurarse de que todos
ellos habían cruzado a salvo la corriente. Uno de los diez comenzó a contar,
pero al contar a los otros se excluyó a sí mismo de la cuenta. «Yo veo solo
nueve; ciertamente, hemos perdido a uno. ¿Quién puede ser?» dijo. «¿Contaste
correctamente?» preguntó otro, e hizo el recuento él mismo. Pero también
contó solo nueve. Uno detrás de otro, cada uno de los diez, contó solo
nueve, olvidándose de sí mismo. «Nosotros somos solo nueve», acordaron
todos; «¿pero quién es el que falta?», se preguntaban. Todo esfuerzo que
hicieron para descubrir al individuo «que faltaba», fracasó. «Quienquiera
que sea se ha ahogado», dijo el más sentimental de los diez necios, «le
hemos perdido». Al decir esto, estalló en lágrimas, y los nueve restantes le
siguieron.
Viéndoles llorar a la orilla del río, un compasivo
viajero les preguntó la causa. Ellos contaron lo que había ocurrido, y
dijeron que incluso después de contarse varias veces, no pudieron encontrar
más que nueve. Al oír la historia, pero viendo a los diez ante él, el
viajero adivinó lo que había pasado. Para hacerles saber por sí mismos que
eran realmente diez, y que todos ellos habían salido ilesos de la travesía,
el viajero les dijo: «Que cada uno de vosotros cuente por sí mismo, pero uno
detrás de otro en serie: uno, dos, tres y así sucesivamente, mientras que yo
os daré a cada uno un cachete de modo que todos podáis estar seguros de
haber sido incluidos en el recuento y solo una vez. Entonces el décimo
hombre “perdido” será encontrado». Al escuchar esto, ellos se alegraron ante
la perspectiva de encontrar a su camarada «perdido» y aceptaron el método
sugerido por el viajero.
Mientras el buen viajero daba un cachete a cada uno de
los diez en fila, el que recibía un cachete se contaba en voz alta. «Diez»
dijo el último hombre cuando recibió el último cachete en la fila.
Perplejos, se miraron unos a otros, «Nosotros somos diez» dijeron con
una sola voz y agradecieron al viajero haber eliminado su aflicción.
Esa es la parábola. ¿De dónde fue traído el décimo
hombre? ¿Se había perdido alguna vez? Al saber que había estado allí todo el
tiempo, ¿aprendieron ellos algo nuevo? La causa de su aflicción no era la
pérdida real de alguno de los diez, era su propia ignorancia, o más bien su
mera suposición de que uno de ellos se había perdido —(aunque no podían
encontrar quién era)— debido a que contaban solo nueve.
Tal es también el caso con usted. Verdaderamente no hay
ninguna causa para que sea miserable e infeliz. Usted mismo impone
limitaciones a su verdadera naturaleza de ser infinito, y entonces llora
porque es solo una criatura finita. Entonces emprende esta o aquella
sadhana para trascender las limitaciones no-existentes. Pero si su
sadhana misma asume la existencia de las limitaciones, ¿cómo puede ella
ayudarle a trascenderlas?
Por consiguiente, yo digo: sepa que usted es ser puro e
infinito, el sí mismo Absoluto. Usted es siempre ese sí mismo y nada sino
ese sí mismo. Así pues, usted no puede ser nunca realmente ignorante del sí
mismo; su ignorancia es meramente una ignorancia aparente, como la
ignorancia de los diez necios sobre el décimo hombre «perdido». Es esta
ignorancia la que les causaba la aflicción.
Sepa entonces que el conocimiento verdadero no crea un
ser nuevo para usted, sino que solo elimina su «ignorancia aparente». La
felicidad no es agregada a su naturaleza, es meramente revelada como su
estado verdadero y natural, eterno e imperecedero. La única vía para
librarse de su sufrimiento es conocer y ser el sí mismo. ¿Cómo puede ser
esto inalcanzable?