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Enseñanzas con
Michael James
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Puesto que el auto-conocimiento verdadero es por lo tanto
el estado en el que nuestra consciencia individual, nuestra mente o ego, es
conocida como una apariencia falsa que nunca existió excepto en su propia
imaginación, Sri Ramana a menudo lo describe como el estado de «no-egoidad»,
«pérdida de individualidad» o «destrucción de la mente». Otro término que se usa
comúnmente, tanto en el budismo como en el vedanta advaita, para
describir este estado de aniquilación o extinción de nuestra identidad personal,
es nirvana, una palabra que significa literalmente «apagado» o
«extinguido». Éste es el mismo estado al que la mayoría de religiones se
refieren como «liberación» o «salvación», debido a que solo en este estado de
auto-conocimiento verdadero estamos libres o salvados de la esclavitud de
tomarnos erróneamente por un individuo separado, una consciencia que está
confinada dentro de los límites de un cuerpo físico.
La única realidad que existe y es conocida en este
estado de no-egoidad, nirvana o salvación es nuestra consciencia
fundamental y esencial «yo soy». Puesto que no se identifica a sí misma con
ningún adjunto limitativo, nuestra consciencia esencial y pura «yo soy» es un
todo único, indiviso e ilimitado, del que nada puede existir separado. Toda la
diversidad y multiplicidad que parece existir mientras nos identificamos con un
cuerpo físico, es conocida solo por nuestra mente, que es meramente una forma
distorsionada y limitada de nuestra consciencia original «yo soy». Si esta
consciencia «yo soy» no existiera, nada más podría parecer existir. Por lo
tanto, nuestra consciencia fundamental «yo soy» es la fuente y origen de todo
conocimiento —la única base de todo lo que parece existir.
Nuestra consciencia esencial «yo soy» es así la
realidad última, la fuente original de la que todo surge, y el destino final
hacia el que todas las religiones y tradiciones espirituales buscan conducirnos.
La mayoría de las religiones llaman a esta realidad fundamental «Dios» o el «Ser
Supremo», o también se refieren a ella de una manera más abstracta como el
estado de ser verdadero. Pero por cualquier nombre que la llamen —y ya sea que
la describan como un ser o como un estado de ser —la verdad es que la realidad
suprema y absoluta no es nada sino nuestro propio ser, la consciencia que
nosotros experimentamos como «yo soy».
En su forma verdadera, su naturaleza esencial, Dios
no es algo o alguien que exista fuera de nosotros o separado de nosotros, sino
que es el espíritu o consciencia que existe dentro de nosotros como nuestra
propia naturaleza esencial. Dios es la pura consciencia «yo soy», la forma
verdadera de la consciencia que no está limitada al identificarse con un cuerpo
físico o con cualquier otro adjunto. Pero cuando nosotros, que somos esa misma
consciencia pura «yo soy», nos identificamos con un cuerpo físico, sintiendo «yo
soy este cuerpo, yo soy una persona, un individuo confinado dentro de los
límites del tiempo y el espacio», devenimos la mente, una forma de consciencia
falsa e ilusoria. Debido a que de esta manera nos identificamos con adjuntos,
nos separamos aparentemente de la pura consciencia sin-adjuntos «yo soy», que es
Dios. Al imaginarnos así como un individuo separado de Dios, violamos su
totalidad ilimitada y su unidad indivisa.
La meta interna de todas las religiones y tradiciones
espirituales, es liberarnos de este estado ilusorio en el que nos imaginamos que
estamos separados de Dios, la única realidad ilimitada e indivisa. Por ejemplo,
en el cristianismo este estado en el que violamos la unidad y totalidad de Dios
al imaginarnos como un individuo separado de él, es llamado el «pecado
original», que es la causa raíz de toda miseria e infelicidad. Debido a que solo
podemos devenir libres de este «pecado original» conociendo la verdad, Cristo
dijo, «…conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres» (Juan 8.32). La
verdad que debemos conocer para ser hechos libres, es la verdad de que nosotros
no somos nada sino la pura consciencia «yo soy» sin-adjuntos —ese «yo soy» que
es la forma verdadera de Dios, como fue descubierto por él cuando reveló su
identidad a Moisés diciendo, «YO SOY LO QUE YO SOY» («ehyeh asher ehyeh»
—Éxodo 3.14).
«Conocer la verdad» no significa conocerla
teóricamente, sino conocerla como una experiencia directa e inmediata. Para
destruir la ilusión de que somos una consciencia individual limitada, una
persona separada del todo perfecto que es llamado Dios, debemos experimentarnos
como la pura consciencia «yo soy» ilimitada e indivisa. Por lo tanto, para
conocer la verdad y con ello ser hechos libres de la ilusión llamada «pecado
original», debemos morir y nacer de nuevo —debemos morir a la carne y nacer de
nuevo como el espíritu. Por eso es por lo que Cristo dijo, «A no ser que un
hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios…
A no ser que un hombre nazca de… el Espíritu, él no
puede entrar en el reino de Dios. Eso que nace de la carne es carne; y eso que
nace del Espíritu es espíritu» (Juan 3.3 y 3.5-6).
Es decir, para experimentar y entrar dentro del
verdadero estado de Dios, debemos dejar de existir como un individuo separado,
como una consciencia que se identifica con la carne y con todas las limitaciones
de la carne, y debemos redescubrirnos como el espíritu ilimitado e indiviso, la
pura, inadulterada e infinita consciencia «yo soy», que es la realidad absoluta
que llamamos «Dios». Cuando nos identificamos con un cuerpo hecho de carne,
devenimos esa carne, pero cuando dejamos de identificarnos con esa carne y nos
conocemos como mero espíritu, nacemos de nuevo como nuestra naturaleza original,
el espíritu puro o consciencia «yo soy».
La necesidad para nosotros de sacrificar nuestra
individualidad para nacer de nuevo como el espíritu, es un tema recurrente en
las enseñanzas de Jesucristo. «Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere,
quedará solo: pero si muere, dará mucho fruto. El que ama su vida la pierde; y
el que aborrece su vida en este mundo la guardará para la vida eterna» (Juan
12.24-25). «Quienquiera que busque salvar su vida la perderá; y quienquiera que
pierda su vida la conservará» (Lucas 17.33). «Y él que no toma su cruz, y
sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida la perderá; y el que
pierda su vida por amor de mí, la hallará» (Mateo 10.38-39). «El que
quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el
que quiera salvar su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí, la
hallará. ¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma? ¿O qué
podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mateo 16.24-26, y también
Marcos 8.34-37 y Lucas 9.23-25).
Es decir, para redescubrir nuestra vida verdadera y
eterna como el espíritu, debemos perder nuestra vida falsa y transitoria como un
individuo. Si buscamos guardar nuestra individualidad falsa, estaremos perdiendo
en efecto nuestro espíritu real. Éste es el precio que tenemos que pagar para
vivir como un individuo en este mundo. Por lo tanto, todo lo que podamos ganar u
obtener en este mundo, lo hacemos al precio de perder nuestro propio sí mismo
real, el estado de perfección y totalidad (que en este contexto es lo que Cristo
quiere decir con el término nuestra «propia alma»). A cambio de recobrar nuestro
estado de totalidad perfecto y original, solo tenemos que abandonar nuestra
individualidad y todo lo que va con ella. ¿Qué es verdaderamente beneficioso,
perder el todo y ganar meramente una parte, o abandonar una mera parte a cambio
del todo?
Para abandonar o perder nuestra individualidad, como
Cristo había hecho, él dice que debemos seguirle negándonos a nosotros mismos y
llevando nuestra cruz. Negarnos a nosotros mismos significa abstenerse de surgir
como un individuo separado de Dios, que es el todo —la «plenitud de ser» o
totalidad de todo lo que es. Llevar nuestra cruz significa abrazar la muerte o
destrucción de nuestra propia individualidad, debido a que en los tiempos de
Cristo, la cruz era un poderoso símbolo de la muerte, al ser el instrumento
usual de ejecución. Así pues, aunque usara un lenguaje algo oblicuo para
expresarlo, Cristo enfatizó repetidamente la verdad de que para redescubrir
nuestra vida real como el espíritu, debemos sacrificar nuestra vida falsa como
un individuo.
Este sacrificio de nuestra individualidad o
identificación con la carne, y nuestra consecuente resurrección o renacimiento
como el espíritu, fue simbolizado por Cristo a través de su propia crucifixión y
subsecuente resurrección. Al morir en la cruz y surgir de nuevo de entre los
muertos, Cristo nos dio una poderosa representación simbólica de la verdad de
que para devenir libres del «pecado original» de la identificación con la carne,
y con ello entrar en el «reino de Dios», debemos morir o dejar de existir como
un individuo separado, y de ese modo surgir de nuevo como el espíritu puro, la
consciencia infinita «yo soy».
El «reino de Dios» que podemos ver y al cual podemos
entrar solo naciendo de nuevo como el espíritu, no es un lugar —algo que podamos
encontrar externamente en el mundo material del tiempo y el espacio, o en algún
mundo celestial llamado cielo. Cuando a Cristo se le preguntó cuándo vendría el
reino de Dios, él respondió, «No viene el reino de Dios ostensiblemente. Ni
podrá decirse: Helo aquí o allí; pues, ved, el reino de Dios está dentro de
vosotros» (Lucas, 17.20-21).
El reino de Dios no puede encontrarse
ostensiblemente, es decir, por ninguna forma de atención objetiva —mirando
externamente aquí o allí. No puede ser encontrado en ningún lugar fuera de
nosotros, ni aquí en este mundo ni allí en el cielo, ni tampoco es ciertamente
algo que vendrá en el futuro. Existe dentro de nosotros ahora. Para verlo y
entrar en él, debemos volver nuestra atención hacia dentro, retirarla del mundo
externo del tiempo y el espacio que observamos por medio de la consciencia
limitada a la carne que llamamos nuestra «mente», y volverla hacia nuestra
verdadera consciencia «yo soy», que es la base y la realidad subyacente de la
consciencia que observa, «yo soy fulano y mengano».
La exhortación «ved» que Cristo usó en el pasaje de
más arriba es muy importante. Él no nos dice meramente el hecho de que el reino
de Dios está dentro de nosotros, sino que nos exhorta a mirar y ver que está
dentro de nosotros. Es decir, él no nos dice meramente la verdad que él vio,
sino que nos dice que nosotros debemos verla cada uno por nosotros mismos. Esta
exhortación que Cristo nos hace de no mirar aquí o allí sino ver que el reino de
Dios está dentro de nosotros mismos, es la esencia de la práctica espiritual
enseñada por Sri Ramana y todos los demás sabios verdaderos. Nosotros debemos
abandonar la atención a todo lo que esté fuera de nosotros mismos, y en lugar de
ello debemos volver nuestra atención hacia dentro para ver la realidad que
existe dentro de nosotros.
El reino de Dios no es un lugar sino un estado —el
estado de pura consciencia. Cuando lo vemos dentro de nosotros mismos volviendo
nuestra atención hacia el núcleo más íntimo de nuestro ser, entramos dentro de
él y devenimos uno con él. Éste es el estado de nacer de nuevo como el espíritu
—el estado de unión mística con Dios que todos los cristianos contemplativos
buscan obtener. En este estado llamado el «reino de Dios», la pura consciencia
«yo soy», que es el espíritu o forma verdadera de Dios, existe y brilla sola en
todo el esplendor y la gloria de su unidad indivisa y totalidad ilimitada.
Las
enseñanzas de Sri Ramana arrojan así una luz fresca sobre las enseñanzas
espirituales contenidas en la Biblia. De la misma manera, arrojan también una
luz fresca sobre las enseñanzas espirituales de todas las demás religiones.
Aunque sus enseñanzas son fácilmente reconocidas como una expresión fresca y
clara de las antiguas enseñanzas del vedanta advaita, de hecho clarifican
la esencia interna no solo del vedanta advaita sino también de
todas las demás tradiciones espirituales. La verdad que él enseñó no es una
verdad relativa que esté limitada a alguna religión o cultura humana particular,
sino la verdad absoluta que subyace a toda experiencia humana, y que es la
fuente y fundamento de las enseñanzas espirituales de todas las religiones. Por
razones culturales u otras, en algunas religiones esta verdad es expresada menos
abierta y claramente que en otras, pero, sin embargo, es la verdad que está en
el corazón de toda religión.
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