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Al indicar los caracteres esenciales de la metafísica,
hemos dicho que constituye un conocimiento intuitivo, es decir, inmediato, que
se opone en eso al conocimiento discursivo y mediato del orden racional. La
intuición intelectual es incluso más inmediata aún que la intuición sensible, ya
que está más allá de la distinción del sujeto y del objeto que esta última deja
subsistir; es a la vez el medio del conocimiento y el conocimiento mismo, y, en
ella, el sujeto y el objeto están unificados e identificados. Por lo demás, todo
conocimiento no merece verdaderamente este nombre sino en la medida en que tiene
por efecto producir una tal identificación, pero que, en cualquier otro caso,
permanece siempre incompleto e imperfecto; en otros términos, no hay otro
conocimiento verdadero que el que participa más o menos en la naturaleza del
conocimiento intelectual puro, que es el conocimiento por excelencia. Todo otro
conocimiento, al ser más o menos indirecto, no tiene en suma más que un valor
sobre todo simbólico o representativo; no hay otro conocimiento verdadero y
efectivo más que el que nos permite penetrar en la naturaleza misma de las
cosas, y, si una tal penetración puede tener lugar ya hasta un cierto punto en
los grados inferiores del conocimiento, no es sino en el conocimiento metafísico
donde ella es plena y totalmente realizable.
La consecuencia inmediata de esto, es que conocer y ser no
son en el fondo más que una sola y misma cosa; son, si se quiere, dos aspectos
inseparables de una realidad única, aspectos que, verdaderamente, ya no podrían
distinguirse siquiera ahí donde todo es «sin dualidad». Eso basta para volver
completamente vanas todas las «teorías del conocimiento» con pretensiones
pseudometafísicas que tienen un lugar tan grande en la filosofía occidental
moderna, y que a veces tienden incluso, como en Kant por ejemplo, a absorber
todo lo demás, o al menos a subordinárselo; la única razón de ser de este género
de teorías está en una actitud común a casi todos los filósofos modernos, y que,
por lo demás, ha salido del dualismo cartesiano, actitud que consiste en oponer
artificialmente el conocer al ser, lo que es la negación de toda metafísica
verdadera. Esta filosofía llega así a querer sustituir el conocimiento mismo por
la «teoría del conocimiento», y, por su parte, eso es una verdadera confesión de
impotencia; a este respecto, nada es más característico que esta declaración de
Kant: «Después de todo, la mayor y quizás la única utilidad de toda filosofía de
la razón pura es exclusivamente negativa, puesto que no es un instrumento para
extender el conocimiento, sino una disciplina para limitarle».
¿No equivalen tales palabras a decir simplemente que la única pretensión de los
filósofos debe ser imponer a todos los límites estrechos de su propio
entendimiento? Por lo demás, ese es el inevitable resultado del espíritu de
sistema, que es, lo repetimos, antimetafísico al más alto grado.
La metafísica afirma la identidad profunda del conocer y
del ser, que no puede ser puesta en duda más que por aquellos que ignoran sus
principios más elementales; y, como esta identidad es esencialmente inherente a
la naturaleza misma de la intuición intelectual, no sólo la afirma, sino que la
realiza. Al menos esto es verdad para la metafísica integral; pero es menester
agregar que lo que hubo de metafísica en Occidente parece haber permanecido
siempre incompleto bajo este aspecto. No obstante, Aristóteles planteó
claramente en principio la identificación por el conocimiento, al declarar
expresamente que «el alma es todo lo que ella conoce»;
pero ni él ni sus continuadores parecen haber dado nunca a esta afirmación su
alcance verdadero, sacando de ella todas las consecuencias que implica, de
suerte que ha permanecido para ellos algo puramente teórico. Eso es mejor que
nada, ciertamente, pero no obstante es muy insuficiente, y esta metafísica
occidental se nos aparece como doblemente incompleta: lo es ya teóricamente,
puesto que no va más allá del ser, como lo hemos explicado precedentemente, y,
por otra parte, no considera las cosas, en la medida misma en que las considera,
más que de una manera simplemente teórica; la teoría se presenta en ella en
cierto modo como bastándose a sí misma y como siendo su propio fin, mientras
que, normalmente, no debería constituir más que una preparación, por lo demás
indispensable, en vista a una realización correspondiente.
Es menester hacer aquí una precisión sobre el tema de la
manera en que empleamos esta palabra «teoría»: etimológicamente, su sentido
primero es el de «contemplación», y, si se tomara así, se podría decir que la
metafísica toda entera, con la realización que implica, es la «teoría» por
excelencia, únicamente, el uso ha dado a esta palabra una acepción algo
diferente, y sobre todo mucho más restringida. Primeramente, se ha tomado el
hábito de oponer «teoría» y «práctica», y, en su significación primitiva, esta
oposición, al ser la de la contemplación y la acción, también estaría
justificada aquí, puesto que la metafísica está esencialmente más allá del
dominio de la acción, que es el de las contingencias individuales; pero el
espíritu occidental, al estar vuelto casi exclusivamente del lado de la acción,
y al no concebir ninguna realización fuera de está, ha llegado a oponer
generalmente teoría y realización. Por consiguiente, es esta última oposición la
que aceptamos de hecho, para no apartarnos del uso recibido, y para evitar las
confusiones que podrían provenir de la dificultad que se tiene para separar los
términos del sentido que se está habituado a atribuirles con razón o sin ella;
no obstante, no llegaremos hasta cualificar de «práctica» a la realización
metafísica, ya que esta palabra ha permanecido inseparable, en el lenguaje
corriente, de la idea de acción que expresaba primitivamente, y que aquí no
podría aplicarse de ninguna manera.
En toda doctrina que es metafísicamente completa, como lo
son las doctrinas orientales, la teoría va siempre acompañada o seguida de una
realización efectiva, de la que es sólo la base necesaria: ninguna realización
puede ser abordada sin una preparación teórica suficiente, pero la teoría toda
entera está ordenada en vista de la realización, como el medio en vista del fin,
y este punto de vista se supone, al menos implícitamente, hasta en la expresión
exterior de la doctrina. Por otra parte, la realización efectiva puede tener,
además de la preparación teórica y después de ella, otros medios de un orden muy
diferente, pero que, ellos también, están destinados a proporcionarle un soporte
o un punto de partida, que no tienen en suma más que un papel de «ayudas»,
cualquiera que sea, por lo demás, su importancia de hecho: esa es,
concretamente, la razón de ser de los ritos de carácter y de alcance propiamente
metafísicos cuya existencia hemos señalado. No obstante, a diferencia de la
preparación teórica, estos ritos no se consideran nunca como medios
indispensables, no son más que accesorios y no esenciales, y la tradición hindú,
donde tienen no obstante un lugar importante, es completamente explícita a este
respecto; pero, por su eficacia propia, facilitan enormemente la realización
metafísica, es decir, la transformación de ese conocimiento virtual que es la
simple teoría en un conocimiento efectivo.
Estas conclusiones pueden parecer ciertamente muy extrañas
a los occidentales, que no han considerado nunca ni siquiera la simple
posibilidad de algo de este género; y, sin embargo, a decir verdad, se podría
encontrar en occidente una analogía parcial, aunque bastante lejana, con la
realización metafísica, en lo que llamaremos la realización mística. Queremos
decir que en los estados místicos, en el sentido teológico de esta palabra, hay
algo efectivo que hace de ellos algo más que un conocimiento simplemente
teórico, aunque una realización de este orden sea una realización forzosamente
limitada. Por eso mismo de que no se sale del modo propiamente religioso, no se
sale tampoco del dominio individual; los estados místicos no tienen nada de
supraindividual, no implican más que una extensión más o menos indefinida de
posibilidades únicamente individuales, que, por lo demás, van incomparablemente
más lejos de lo que se supone ordinariamente, y sobre todo de lo que son capaces
de concebir los psicólogos, incluso con todo lo que se esfuerzan en hacer entrar
en su «subconsciente». Esta realización no puede tener un alcance universal o
metafísico, y permanece siempre sometida a la influencia de elementos
individuales, principalmente de orden sentimental; ese es el carácter mismo del
punto de vista religioso, pero aún más acentuado que en cualquier otra parte,
como ya lo hemos señalado, y es también, al mismo tiempo, lo que da a los
estados místicos el aspecto de «pasividad» que se les reconoce bastante
generalmente, sin contar que la confusión de los dos órdenes, intelectual y
sentimental, puede ser en ellos frecuentemente una fuente de ilusiones. En fin,
es menester advertir que esta realización, siempre fragmentaria y raramente
ordenada, no supone ninguna preparación teórica: los ritos religiosos juegan en
ella ese papel de «ayudas» que juegan en otra parte los ritos metafísicos, pero
es independiente, en sí misma, de la teoría religiosa que es la teología; eso no
impide, por lo demás, que los místicos que poseen algunos datos teológicos se
eviten muchos de los errores que cometen aquellos que están desprovistos de
ellos, y que sean más capaces de controlar en una cierta medida su imaginación y
su sentimentalidad. Tal cual es, la realización mística, o en modo religioso,
con sus limitaciones esenciales, es la única que es conocida en el mundo
occidental; podemos decir también aquí, como hace un momento, que eso es mejor
que nada, aunque esté muy lejos de la realización metafísica verdadera.
Hemos tenido que precisar este punto de vista de la
realización metafísica, porque es esencial para el pensamiento oriental, y, por
lo demás, común a las tres grandes civilizaciones de las que hemos hablado. No
obstante, no queremos insistir demasiado en ello en esta exposición, que debe
forzosamente permanecer más bien elemental; así pues, en lo que concierne
especialmente a la India, no le consideraremos sino en tanto que sea
estrictamente inevitable hacerlo, ya que este punto de vista es quizás aún más
difícil de comprender que cualquier otro para la generalidad de los
occidentales. Además, es menester decir que, si la teoría puede ser expuesta
siempre sin reservas, o al menos bajo la única reserva de lo que es
verdaderamente inexpresable, no sucede lo mismo con lo que toca a la
realización.
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