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La Doctrina India del Fin Último del Hombre
(Del libro: La Doctrina India del Fin Último del Hombre)

La religión de la India se conoce como el hinduismo o el brahmanismo. De esta religión, el budismo es una variante vinculada al hinduismo de la misma manera que el protestantismo estaba vinculado al catolicismo.

 

Cuando los europeos, y principalmente los misioneros cristianos, examinaron por primera vez la religión de la India, no pudo verse nada sino diferencias entre el cristianismo y el hinduismo, porque nadie quería reconocer otra cosa que diferencias. Ahora sabemos que los paralelos entre el cristianismo y el hinduismo son tantos, tan estrechos y a menudo tan verbalmente exactos, que sólo podemos considerar que ambos son dialectos de uno y el mismo lenguaje espiritual; únicamente queda esta distinción, a saber, que en el cristianismo el énfasis mayor es devocional y ético, mientras que en el hinduismo es metafísico e intelectual. Pero si consideramos sólo el cristianismo medieval, o la doctrina católica, incluso esta distinción desaparece parcialmente.

 

Todavía persisten muchas concepciones erróneas de la religión india, incluso en los círculos eruditos. Por ejemplo, el hinduismo se describe como un politeísmo; pero el hinduismo no es más politeísta que el cristianismo, en conexión con el cual uno podría sorprenderse de saber que nada menos que una autoridad como Santo Tomás de Aquino afirma que «Nosotros no podemos decir el Único Dios, pues la deidad es común a varios». Y de la misma manera que los muslimes han considerado equivocadamente al cristianismo como un politeísmo, así los cristianos se han equivocado al llamar al hinduismo un politeísmo, pues el hecho es que ni el cristianismo ni el hinduismo son politeístas, aunque ambos son polinominales; de hecho, es inevitable una infinitud de designaciones del Primer Principio, debido precisamente, a su infinita variedad y omnimodalidad cuando se considera desde nuestro punto de vista, por perfectamente simple y único que sea en Sí mismo.

 

De la misma manera, al hinduismo se le ha llamado a menudo una fe panteísta; por panteísmo se entiende la doctrina de que todo es Dios, y de que Dios es idéntico con todas las cosas, y no al mismo tiempo infinitamente más que todas las cosas. Sin embargo, en el hinduismo, esta doctrina se repudia constante y vigorosamente mediante afirmaciones repetidas tanto de la inmanencia como de la trascendencia, y mediante una distinción repetida entre los aspectos finitos e inteligibles y los aspectos infinitos e ininteligibles de la Deidad.

 

Al mismo tiempo nos encontramos con afirmaciones repetidas de la identidad, no ciertamente del ego empírico, sino del sí mismo más interior y espiritual del hombre, con la Esencia Divina, afirmaciones que se encuentran en dichos igualmente famosos tales como «Eso eres tú», y «Sólo deviniendo Dios, puede uno adorar-Le verdaderamente». Eso nos lleva a encarar el problema de lo que se entiende realmente por la doctrina hindú de la deificación, y a la cuestión de si la «deificación» india difiere o no de la «deificación» cristiana, según la comprenden, por ejemplo, San Bernardo o el Maestro Eckhart.

 

No cabe ninguna duda de que, desde el punto de vista hindú, el fin último y la beatitud del hombre se realizan sólo cuando el hombre ya no tiene conocimiento de ninguna distinción entre «él mismo» y el Espíritu de Dios; de la misma manera que, para emplear un símil común a Ruysbroeck y a las Upani·ads, cuando los ríos alcanzan el mar, su individualidad se confunde con la del mar, y nosotros ya sólo podemos hablar del «mar».

 

Por otra parte, si el cristianismo parece mantener una distinción eterna entre la criatura y el Creador, tendremos que preguntar si esta contradicción aparente es real o no; o si la «deificación» hindú y la de los místicos cristianos (a quienes también se ha acusado de panteísmo), con su insistencia en un abandono total de sí mismo como una condición indispensable, no implica precisamente esa distinción misma entre la criatura y el Creador, y entre lo finito y lo Infinito, distinción que no es meramente una doctrina ortodoxa cristiana, sino una doctrina que es metafísicamente incuestionable y universalmente válida. Lo que nos interesa aquí es la inmortalidad del alma, es decir, si una tal inmortalidad es posible; y lo que es más importante, si una inmortalidad del alma —si una cosa tal es posible— puede considerarse como compatible de alguna manera con el fin último de deificación y de perfecta beatitud del hombre.

 

La doctrina hindú y la doctrina cristiana están de acuerdo en hacer del Mesías y el Avatar, es decir, del Hombre Universal y Sol de los Hombres, la única puerta a cuyo través uno puede expandirse desde este mundo creado de nacimiento y muerte, de cambio y decadencia, adentro de ese mundo increado de luz e inmortalidad, desde nuestra experiencia presente de pasado y futuro adentro de ese ahora sin duración eterno. Con referencia a esa gran transición, Cristo dice así: «El que quiera salvar su vida, que la pierda»; y, ciertamente, como exclama el Maestro Eckhart: «El alma debe entregarse a la muerte… Toda la Escritura es un clamor por la liberación de sí mismo». Esta «liberación de sí mismo» significa muchísimo más que nuestra «falta de egoísmo» ética; significa una liberación de toda la idea de «yo y mío», de toda fijación a la noción de una esencia privada independiente, ya sea del alma o del cuerpo; y una liberación de toda fijación a una «supervivencia de la personalidad», tal como lo que los espiritistas han confundido con la «inmortalidad» en el sentido estrictamente ortodoxo y espiritual de la palabra.

 

La Puerta mesiánica y solar, por la que uno pasa de este mundo imperfecto adentro de ese estado de gloria que, como dice Santo Tomás de Aquino, «no está bajo el sol», es una puerta estrecha, e incluso una puerta cerrada, para aquellos que no están cualificados para pasarla; es decir, la vía es impasable para aquellos en quienes queda el más pequeño rastro de egotismo, ya sea físico o psíquico. Para «pasar más allá del Sol», uno debe haber abandonado todas las posesiones, ya sean del cuerpo o del alma; a diferencia de todo lo que queda fuera, en la multiplicidad, a aquellos que están cualificados para entrar se les describe como «unificados». Las puertas del Paraíso están guardadas por el Ángel de la Espada Flamígera, y precisamente de la misma manera, en los textos indios, la entrada se describe como cubierta, ocultada y defendida por rayos de luz, cuyas manifestaciones externas cortan el paso a todos aquellos que son agnósticos (ignorantes) de Dios. Los rayos sólo se retiran para el transformado por la Gnosis de Dios, y entonces se ve una vía abierta, una vía que coincide con lo que se llama en el hinduismo el «Rayo Pre-eminente», y en el cristianismo el «Rayo Obscuro», porque no es visible exteriormente, sino que se funde en la Obscuridad Divina, donde no brilla ningún sol, sino sólo el Espíritu a quien, igualmente en el hinduismo y el cristianismo, se le llama la «Luz de las luces».

 

En las escrituras indias, las cualificaciones del que está capacitado para pasar a través del Sol y entrar adentro de la Divinidad «como leche que se vierte en leche», son fundamentalmente las de la Verdad y el Anonimato. Es como «uno cuya naturaleza es la Verdad», como uno se dirige al Sol, que «es la Verdad»; y, puesto que es de la misma cualidad, no puede ser negado. O es como uno que, en respuesta a la pregunta «¿Quién eres tú?», puede decir, «Quien yo soy, eso es la Luz, Tú mismo», y a quien entonces se invita, «Entra; pues lo que yo soy, eso eres tú, y lo que tú eres, yo soy». Pero, si responde por su propio nombre o por un nombre de familia, el supuesto pretendiente es arrastrado hacia atrás por los factores del Tiempo. Pues, como lo expresa otro texto, «Dios no viene de ninguna parte, ni ha devenido jamás alguien»: e inevitablemente sigue la conclusión de que no puede retornar a Dios como de igual a igual quien es todavía alguien.

 

De la misma manera, el que alcanza el fin de la vía y entra en Dios, debe dejar tras de sí todo el fardo de sus obras, ya sean buenas o malas. Pues éstas son la base del «carácter», y nada característico puede entrar en la Deidad incaracterizada, «Cuya sola idiosincrasia es Ser». Allí, como dice el Maestro Eckhart, «Ni vicio ni virtud entraron nunca», o como lo expresa la Upani·ad, «Ni vicio ni virtud pueden pasar por ese Puente del Espíritu, que es el único lazo entre este mundo y aquél». En las palabras de Juan Damasceno, «El Que Es, es el principal de los nombres que se aplican a Dios»; y en las de la Upani·ad, «Él Es, sólo con eso puede Él ser aprehendido». Así pues, no es con obras ni con mérito como un hombre deviene cualificado para alcanzar la perfección de la felicidad, sino sólo con un Conocimiento y Amor absoluto de Dios; donde un conocimiento o amor absoluto de algo implica, por supuesto, una perfecta mismidad de conocedor y conocido, de amador y amado.

 

Ahora estamos en posición de reconciliar los conceptos místico cristiano y metafísico indio de la «deificación», con la doctrina admitidamente verdadera de que nada finito puede entrar en lo Infinito como de igual a igual. Igualmente desde el punto de vista cristiano e hindú la constitución del hombre es triple, es decir, una constitución de cuerpo, alma y espíritu; sánscrito rèpa, nama, atman. El alma cristiana (((anima, psyche) es no menos que el cuerpo una cosa creada y mutable, y de aquí que, en las palabras de Santo Tomás de Aquino, «Decir que el alma es de la Divina Substancia implica una manifiesta improbabilidad». Así pues, si, aunque comenzada en el tiempo, y siendo una entre otras, a veces se dice que el alma deviene inmortal, no debemos olvidar que esta transformación se lleva a cabo sólo con su propia ­«muerte última», y que sólo como «nada» y como «nadie» puede ella entrar en Dios, que ciertamente no es una cosa, ni alguien entre otros.

 

La consciencia de un hombre puede estar centrada en su cuerpo, y éste es el hombre animal; o en el alma, y éste es el hombre psíquico; o en el espíritu, que es el hombre espiritual o pneumático. Sólo el último puede «retornar» a Dios en igualdad de naturaleza. Este fin último del hombre no es meramente una cuestión de destino post mortem; pues «El Reino del Cielo está dentro de vosotros», o, como lo expresa la Upani·ad, «La forma inconcebible de la Deidad, más remota que el más allá y también aquí dentro de vosotros, aunque no puede verse con la facultad intrínseca del ojo, puede aprehenderse con la Verdad, y puede ser vista por el Gnóstico iluminado, donde Ella mora dentro de la cámara secreta del corazón».

 

Así pues, ni la «deificación» india ni la cristiana, el fin último del hombre, implican ninguna doctrina tal como que la individualidad finita y variable del hombre pueda asumir el ser infinito e inmutable de Dios. La Deificación es una reunión, descrita a menudo como un matrimonio del Espíritu inmanente con el Espíritu transcendente. Esto no quiere decir que estos dos hayan estado nunca separados, de otro modo que en los términos de la lógica humana por la que se sostienen nuestras propias individualidades limitadas; pues el Espíritu es indivisible. Deificarse es «werden was du bist» [alemán para «devenir lo que se es»]; sólo cuando se considera la Identidad como una condición que ha de realizarse «algún día», y cuando hablamos en un lenguaje demasiado humano, sólo entonces llamamos a la Gnosis una re-unión y hablamos de aquellos que la realizan como «Perfecciones», como si ellos hubieran estado en alguna otra parte o hubieran sido menos que perfectos. De hecho, como dice el Maestro Eckhart, «Cuando entre allí, nadie me preguntará de dónde vine o adónde fui». Pues el principio individual «todavía no» ha resucitado, «todavía no» está en casa, mientras se concibe a sí mismo en el tiempo y como un hijo pródigo; como es en Dios, jamás ha caído, jamás se ha expatriado. Debido a que en Dios no hay ninguna distinción entre las ideas y el intelecto que las mantiene, uno puede hablar sólo «como si» la imago imaginata [latín para «la idea que se concibe»] «retornara a» o «deviniera» la imago imaginans [latín para «la idea que concibe»], en la que ya existe «más eminentemente».

 

La «deificación» Hindú es precisamente lo que se entiende cuando se nos manda, «Sed perfectos, como vuestro Padre en el Cielo es Perfecto», y lo que entiende San Pablo cuando dice que, «Quienquiera que está unido al Señor es un Único Espíritu». Así pues, es imposible una distinción fundamental entre hinduismo y cristianismo; establecer una distinción es dividir la Verdad contra sí misma.